Disfunciones declaradas, descubrimientos alternativos

suave como una pluma en el viento

Estos días he vuelto a escuchar dos programas de podcast que tenía aparcados, quizá por su intensidad, que a veces no sé cómo acoger.

Me gusta mucho escuchar programas sobre sexualidad, sensualidad, economía, marketing, neurociencia, historia, ciclicidad y el poder de la edad. Estos programas que he vuelto a escuchar tratan temas tabúes: el dinero, el sexo y la muerte por un lado; el cuerpo y sus misterios, sobre todo el cuerpo de la mujer, tan abandonado en el estudio de la anatomía y la fisiología.

Dos son los temas que centraron mi atención: el desarrollo de la viagra (¿o es el viagra? Porque desde la Coronavirus ya no entiendo mucho la lingüística) y la entrevista íntima a una mujer que sufre un síndrome poco común, si bien muy invalidante, el originalmente descrito como síndrome de excitación sexual persistente o disestesia genitopélvica.

La combinación de los dos programas me ha llevado a reflexionar, de nuevo ¿por qué ocultar que es un tema que me apasiona?) sobre el deseo y la sexualidad en humanos. Y sobre los rituales, estándares y limitaciones que nos damos en nuestro deseo, el ajeno, nuestro cuerpo, los ajenos.

La denominada disfunción eréctil que la viagra intenta aliviar puntualmente puede ser fuente de muchos sentimientos negativos, de derrota, de inseguridades; fuente de conflictos con nuestros compañeros sexuales. Y puede ser el portal al descubrimiento de nuevas sensaciones extáticas en lugares/localizaciones corporales inusitadas; a nuevas formas de comunicarse con la pareja/compañeros sexuales, de ser más explícito en los deseos y gustos, en lo que nos hace palpitar, ya que la narrativa por defecto no es la que funciona con seguridad y final feliz enlatado en estos casos.

El síndrome de excitación sexual persistente (seguro que se denomina técnicamente algo así como SESP o DG) llega a confundir a quien lo sufre entre excitación genital y el deseo, con todas las dudas éticas y morales que esta confusión puee acarrera: Si mis genitales se excitan con el roce de la mejilla de un familiar por la vibración que este roce roduce y yo he aprendido a asociar excitación genital y deseo sexual, ¿qué está diciendo de mi este deseo sexual que percibo cuando mi madre me besa la mejilla? O puede ser que termine relacionándome con compañeros sexuales solo por la coincidencia temporal entre sensación física y deseo, aunque ne realidad no haya nada más que una reacción física sin contenido alguno.

Conocer de cerca la historia de una mujer con este síndrome y cómo su dificultad de disociar una reacción física de una narrativa, como es la que culturalmente esta asociada al deseo, me hace pensar que el deseo es justo es, la historia que nos contamos cuando nuestro cuerpo nos avisa con sus reacciones.

Mi pregunta aquí es: ¿Puedo yo modificar mi deseo y transgredir lo que es un mandato corporal y social?

Mi respuesta por el momento: Sí es posible e incluso necesario, aunque no nos encontremo sen situaciones tan extremas. La invitación es a indagar lo que nos hace bien, nos da placer y es nuestro tesoro, más allá de lo que hayamos aprendido y recibido de nuestro entorno. Creo que merece la alegría y el goce experimentar.

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