Dar y recibir

El arte de recibir

La capacidad de recibir en mi está atrofiada. Me cuesta recibir sin ruborizarme; sin hacer un cálculo fugaz de lo que cuesta lo que estoy recibiendo, es decir, ¿qué he de dar yo a cambio? ¿Qué se espera de mi?

Recibir me pone en una situación incómoda en la que no sé si merezco o no lo recibido, en la que me pregunto qué he hecho yo para merecer esta atención (generalmente amorosa).

Me cuesta recibir atención, cuidados, amor, placer, amistad. Me cuestan que me digan que soy importante para esa personna, que alguien me quiera sin condiciones (mis fieras y amor me están mostrando tanto….).

Casi siempre lo reduzco a un simple descuido de la persona de la que lo recibo, “no se habrá dado cuenta de lo que ha dicho; en realidad quería decir otra cosa, tampoco soy tanto”.

La incapacidad de recibir en mi está asociada a mi incapacidad genuina de entregarme sin condiciones; de entregarme a la experiencia sin culpa por lo que esta provoca en mi.

Recibir es un acto de amor…

…. hacia la persona que da, quiere dar, ha decidido darme y desea darme a mi. Si yo minimizo la recepción porque no puedo soportar el borbotón de sensaciones y emociones que se generan en mi, estoy restando importancia a la acción de la otra persona. Y así me relaciono con ella, por desgracia, desde la superficialidad que me protege de sentir mucho y no saber qué hacer con ello. Me desvalorizo y reduzco el valor que recibo. ¿Por qué tengo tanto miedo a recibir?

La falta de merecimiento es una herida que, en mi, está profundamente arraigada. Tiene que ver mucho con mi percepción de mis actos: sin importancia, casi instintuales, cualquiera podría haberlo hecho. Porque así me he sentido muchos años: sin importancia para aquellos que me importaban.

El no saber recibir y no sentirme merecedora de lo bueno que recibo ha tenido como consecuencia más visible el quererme mal a través de las relaciones que he elegido en mi vida. Parejas y muchas amistades solo podían reflejar lo que yo ya hacía por mi: quererme poco; hacerme pasar desapercibida; ser recipiente de los males, sin participar en las bondades…

Bueno, exagero un poco en mor de la tensión estilística. No SIEMPPRE TODO ha sido así. Ahora bien, al conectar con mi dificultad de recibir me doy cuenta que temo la intimidad feroz, esa que yo quiero cultivar conmigo misma, siendo compasiva conmigo y dando la bienvenida a la que soy. Y desde ese lugar de intimidad conmigo, en el que no temo quien soy aunque no sea quien creyera ser, en el que no temo qué hago y qué me gusta, en el que no temo las reacciones de mi cuerpo, puedo empezar a recibir del exterior, a crear una intimidad con la persona que ha decidido darme.

Aprender a recibir.

Enseñar a dar.

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